Tendría unos ocho años la primera vez que me puse al volante.

Estaba de pie sin apoyarme en el asiento del conductor ya que estaba en la furgoneta de mi padre y esa era la única manera de tener acceso a los pedales.

Entonces vinieron las lecciones. Cualquier cosa que fuese a hacer con mi padre requería una pesada masterclass por su parte. Las manecillas, las palancas, los pedales, el freno de manos, la ventilación, … Esa tortura podía durar horas (o minutos, no sé), pero se me hacía eterno.

  • ¿Quieres arrancarla?

¡Por fin! La teoría siempre me ha resultado muy pesada.

  • ¡Claro!

Ese cacharro rugía un buen rato hasta que conseguía arrancar, pero al fin lo hizo, y ahí estaba yo, dispuesta a lanzarme a la carrera.

Estábamos en el pueblo. Estos lugares apartados de la civilización ofrecen grandes posibilidades. La furgoneta estaba aparcada en una ligera pendiente hacia abajo a dos o tres metros de la casa.

Era una casa muy antigua, robusta, de estas que tienen paredes de más de medio metro de grosor. En caso de accidente, la furgoneta hubiese salido perdiendo claramente. O más bien, nosotros, que estábamos dentro.

  • ¿Quieres moverla?

¿En serio? Incredulidad y expectación mano a mano.

Este sí fue ya con un poco de acojone, sin exclamaciones.

La operación tenía cierta complejidad, ya que no solo tenía que salir marcha atrás y cuesta arriba, si no que además el camino se estrechaba a mis espaldas entre la casa del vecino y un poste de hormigón.

Pero bueno, ¿qué interés tiene hacer algo que no suponga ningún reto?

Un último repaso a los pedales, y ¡al lío!

Apenas moví la furgoneta uno o dos metros hacia atrás, pero fue emocionante.

No volví a ponerme al volante de la furgoneta. Recuerdo haber conducido, también en el pueblo, una Gucci antigua cuando mis piernas me permitían llegar al suelo desde el asiento y también el Alfa Romeo 33 de mi madre en uno de estos aparcamientos de la playa que están vacíos los fines de semana. Todas estas aventuras al volante fueron en lugares apartado y desde luego, nunca llegué a circular.

El carnet de conducir me lo saqué oficialmente a los veintiún años. El teórico a la primera y el práctico a la segunda.

¿Por qué me cuentas todo esto?

Me gustaría conocer tu opinión al respecto. ¿Qué te parece el hecho de ponerse al volante de un vehículo sin haber recibido formación? Sin conocer las señales, sin conocer el código de circulación, sin tener la mayoría de edad, …

Probablemente verás claro que esta opción no es la más adecuada, para uno mismo, para la gente que pudiera ir de copiloto o para la gente que te cruzaras por el camino.

¿Qué tiene esto que ver con las finanzas?

No es tan evidente cuando se trata de finanzas, pero la realidad es que no recibimos ninguna formación en este campo a lo largo de nuestra vida.

Aprendemos por imitación, confiamos en nuestro asesor bancario o en el fiscal, lo único que aprendemos es que las finanzas son complicadas, percibimos la deuda no solo como necesaria sino como una buena amiga.

Arrastramos hábitos y creencias sobre el dinero desde nuestra más tierna infancia. Hábitos que nos impiden ahorrar, que nos impiden crecer financieramente, que nos mantienen atados y esclavizados.

¿Hay alternativa?

Desde luego que sí. Está documentado en multitud de libros, vídeos, artículos, cursos, … Sea cual sea tu situación actual, tu nivel de ingresos o gastos. Con el conocimiento adecuado, podrás dirigir tus finanzas y tu vida a buen puerto.

Es un viaje que sin duda puedes hacer en solitario, ¿en qué te ayudará contar un coach financiero?

  • La primera ventaja es tener acceso a un método paso a paso que te guiará durante todo el proceso y que te permitirá crear tu propio sistema personalizado
  • La segunda ventaja es contar con esa persona a la que rendir cuentas de tus avances. Está demostrado que avanzamos más deprisa cuando tenemos que rendir cuentas a alguien
  • ¿Y si me atasco? Tener un punto de vista externo te ayudará a superar obstáculos

Quiero cambiar mi situación financiera 🙂

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